¿El problema es la autoridad o somos nosotros?

¡Aquí empezamos!

Cuando hablamos de autoridades, cualquiera que esta sea, siempre apuntamos el dedo inquisitivo hacia ellas y hablamos de los funcionarios como si no hubiesen sido electos por nosotros. Esta es la idea que quiero plantear para entender mi propuesta: las razones por las cuales tenemos muchísimo que ver con lo que sucede.

Es indiscutible que elegimos autoridades para que resuelvan nuestros problemas. Lo hacemos con la confianza ciega de que, al ser cercanos y vecinos a nuestra vida diaria, ellos tendrán que encargarse de sanar todos nuestros males. Esa confianza de ciega afectividad hacia quien elegimos hace que evitemos percatarnos de una serie de acciones que, como ciudadanos, cometemos con “sutileza”, mientras disimulamos ser parte de un sistema de errores al cual suponemos no pertenecer.

Pero, aunque no lo aceptemos, ese sistema nos ha engullido y somos parte de él cuando:

  • Rebasamos los límites de velocidad en zonas urbanas y aceleramos los motores de las motos para demostrar que dominamos las calles.
  • Compramos accesorios y tecnología en la calle sin solicitar factura de origen del producto.
  • Bloqueamos el paso cuando queremos y por cualquier motivo.
  • Masticamos chicle y, cuando ya no lo queremos, lo tiramos en cualquier espacio público.
  • Empujamos la basura a la vereda vecina.
  • Nos orinamos en cualquier esquina, parque o zona oscura para, psicológicamente, decir que nos cubrimos.
  • Escupimos en la acera y sacamos a nuestros perros para que hagan sus necesidades en el parque y las veredas.
  • Nos embriagamos en la fiesta municipal gratuita al son de la música de artistas extranjeros que se llevan decenas de miles de dólares, mientras los nuestros ni siquiera tienen derecho a un escenario de calidad.
  • Creemos en la folclorización que las autoridades hacen de nuestra cultura y suponemos que eso es buena convivencia.

Nos arrebataron el derecho a la propiedad cuando el Municipio no agiliza los trámites de escrituración de nuestros predios. Miramos impávidos cómo cada alcalde construye obras millonarias inútiles. Guardamos silencio cuando el alcalde y los concejales de turno llegan al Municipio con su autodenominado «equipo de trabajo» —que en realidad es su grupillo de amigos— a recibir onerosos sueldos pagados por nosotros.

Diariamente contaminamos el Lago San Pablo y nadie se inmuta por el inminente colapso ambiental. Creamos puestos de trabajo para los amigos exclusivos de los políticos y les pagamos sueldos que nos cuestan más de 25 mil dólares anuales por empleado. Contratamos consultorías inservibles para remodelar parques o colocar alcantarillado que, para hacer dos kilómetros, tardan más de un año y ocho meses. Nadie explica por qué las obras de montos altos misteriosamente acumulan contratos complementarios y terminan costando más del doble del presupuesto inicial.

Decidimos adoquinar calles solo para incrementar la plusvalía de las propiedades de los amigos y familiares cercanos al poder; obras que, al no tener sustento técnico, terminan en el barranco. Gastamos como millonarios y destinamos más del 80% de la recaudación tributaria al pago de sueldos de los amigos de turno.

Todo esto, aunque sea autodestructivo, hoy es parte de un círculo convertido en sistema del que no queremos hacernos cargo. Hemos llegado al punto de convertirlo en un hábito visto por todos como algo normal. Por esa razón, el sistema de gobierno de nuestro cantón está roto y se asemeja al estado físico de nuestras calles: el uso y el abuso de quienes transitamos, sumado al desinterés de las autoridades, son el antecedente de nuestra rota convivencia ciudadana.

Así estamos en Otavalo. Somos un cantón caotizado por el desorden y la indiferencia que, para encubrirla, acude a la improvisación como paliativo al estado de inmovilismo en el que nos encontramos. Lo hacemos sin ser conscientes y perseveramos en la misma receta que nunca ha funcionado. Cometemos los mismos errores mientras negamos seguir equivocados.

Por ello, la salud cívica y política de Otavalo merece la comprensión particular de cada uno de sus males; una disección que permita amputar el origen de nuestras dolencias para saber con precisión qué hay que hacer en cada parroquia y en cada barrio de nuestro bicentenario cantón. Si empezamos con esto, evitaremos que la desproporción entre el ego y la inteligencia de unos avezados les haga suponerse autoridades.

En estas condiciones, la crítica jamás puede considerarse sinónimo de confrontación o resentimiento. Al contrario, pasa a ser un intento por provocar una reflexión con la cual nos propongamos identificar a los oportunistas y corruptos para exigirles honestidad, decencia y responsabilidad política.

Si nos decidimos por aquello, nos daremos cuenta de que, si separamos la paja de la semilla, Otavalo cuenta con ciudadanos capaces de imponer autoridad y rumbo. Para encontrar esa dirección y abandonar la pasividad, todos estamos convocados a responder: ¿Cuál es el Otavalo que debemos y queremos construir?

La respuesta la encontraremos en cada motivación cívica que tenga claro el diagnóstico y la propuesta de acciones inspiradas en IDEAS que guíen a quienes quieren construir verdaderas políticas públicas para Otavalo.

El sistema está roto, pero no es irreparable si dejamos de ser indiferentes. ¿Estás dispuesto a ser parte de la solución o seguiremos siendo cómplices del desorden? Compartamos ideas para el Otavalo que soñamos.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *