
Mi adolescencia se desarrolló en las inmediaciones del antiguo Estadio Municipal. Era el estadio de El Batán. Fui testigo de gritos, silbidos y algarabía de los distintos encuentros deportivos de todo nivel. Siempe presencié que en esa pista confluyeron decenas de otavaleños que a partir de las 5H30 de la mañana hacían deporte. Fue un punto de encuentro deportivo que, para quienes tenemos más o menos 40 años, el recuerdo permanecerá vivo para siempre.
Mojanda, Taxopamba, el Corazón del Imbabura, El Socavón, El Lechero, el Lago San Pablo, La Fuente de la Salud, la Cascada de Peguche… son nuestros referentes más cercanos de distracción, caminatas, aventuras y largas jornadas de carnaval. Aún siguen de pie, pero con la diferencia de que al día de hoy, en el mejor de los casos, unos sitios agonizan entre la indiferencia, el botadero de la inmundicia y la aniquilada desaparición de lo que otrora fueron sitios de esparcimiento. Lo que hace 15 o 20 años fueron puntos de encuentro con el paisaje, la naturaleza y los lazos de convivencia, hoy son vertederos de cloaca, basura, aguas negras o ruinas deshechas de lo que algún día fueron.
Hoy que no quedan ni las ruinas de lo que fue el Estadio Municipal, es preciso rememorar que en sus demolidas instalaciones se concentraron decenas de familias y amigos que, a razón de su necesidad de hacer deporte, se dieron cita para mejorar su calidad de vida. Jóvenes, niños y adultos trotaron, caminaron y rodaron en la gravilla circundante con sus bicicletas, y más de un otavaleño y sus deportistas en su césped albergaron la necesidad de disciplina deportiva. Fue el Estadio Municipal de El Batán el punto de cita de una comunidad que diariamente dedicó su tiempo para ejercitarse físicamente y construir convivencia.
Sobre esos cimientos, y con el capricho típico de los que en la década pasada entendieron que hacer obras “sin ton ni son” les dejaba su tajada, levantaron un elefante blanco millonario denominado Mercado Municipal 24 de Mayo. Una obra sin el mínimo criterio de planificación urbana, cuyo costo fácilmente pudo financiar la construcción de 2 centros comerciales de la magnitud del Laguna Mall de Ibarra. Esta obra es el reflejo del peor y más grande fracaso financiero y técnico de los 200 años de nuestra vida política. Esta obra representa el momento culminantemente trágico del derroche y la incapacidad de un periodo municipal carcomido por la desidia, la corrupción, la indiferencia y la insensatez. Esa verdad debería ser objeto de estudio, en el que cualquier estudiante de arquitectura, administración pública, ingeniería civil, economía, sociología… desentrañe los motivos reales de la magnitud de esta maltrecha acción.
ONU Hábitat y distintos investigadores alrededor del urbanismo analizan el concepto de reemplazo generacional e indican que las ciudades se reconfiguran —cambian sus ritmos de vida— debido a 3 formas de habitar un lugar: primero, la edad de la población, es decir, quiénes salen, entran y se retiran de sus trabajos; segundo, los momentos históricos que marcan la vida de todos (crisis, boom económicos, inversiones emblemáticas, hechos heroicos, pandemias…); y tercero, los cambios generacionales, es decir, lo que finalmente pasa con todos quienes compartimos un espacio denominado urbano.
Estas consideraciones, propias a las dinámicas sociodemográficas de cualquier sociedad, fueron negadas por los políticos, administradores, arquitectos e ingenieros de la década pasada, y lo peor es que ninguno se ha responsabilizado de esos fracasos.
Hoy heredamos obras (Estadio Municipal de Carabuela, Plaza Cívica, Mercado Municipal 24 de Mayo, Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales…) que los “genios” de la planificación construyeron con la promesa de que serían los nuevos polos de centralidad urbana. Más tarde, los demagogos desubicados que debieron administrarlas las calificaron como «monumentos de hojalata o un punto muerto de Otavalo», y cayeron en la promesa falsa de convertirlas en “obras rentables”. Cosa que hasta ahora ni siquiera han intentado hacer.
Ni los constructores del desastre, ni los administradores del fracaso han logrado entender qué hacer para empezar a buscar motivos, razones… de utilidad de las mismas. A nadie se le ha ocurrido buscar las formas de cómo utilizar dicha infraestructura. Y para que esto llegue a pasar, hoy propongo algunas acciones para superar los errores del pasado.
Todas las autoridades locales (todas deben ser parte de) deben compartir el deseo de lo que realmente quieren hacer dentro y alrededor de estas instalaciones. Estas obras necesitan la visión y el anhelo ferviente de que tratar de aprovechar en algo su costo y cambiar su realidad es una urgencia, una misión, una tarea que debe ser asumida con responsabilidad por quienes desempeñan cargos como alcalde, concejales, vocales de las Juntas Parroquiales, Presidentes de Cabildos… Segundo, debe existir un mapa de ofertas, una caja de atractivos… donde inteligentemente se busque aprovechar lo competitivo y lo comparativo de lo que tenemos alrededor de las mismas, para finalmente llegar a quienes se interesarían en A o B facilidad, oportunidad, beneficio, producto o servicio… Este es el inicio para pensar que ese derroche millonario, después de años, puede empezar —en parte— a ser útil.
Reconozco que no es fácil. Tampoco se logrará de la noche a la mañana. Y como en todo —reconstruir lo mal hecho es más difícil que volver a hacer—, esa realidad exige de ideas claras para decidir qué hacer. Seguramente los primeros tropiezos serán logísticos. Pero si el objetivo es claro y todos sabemos a dónde queremos llegar, nunca más saldremos a la lluvia sin saber por qué lo hacemos.
Esta es la fórmula que debe repetirse frente a cada reto y desafío que hemos acumulado producto de nuestra propia dinámica social o por los errores del pasado. Hay que hacerlo sin miedo. Con la firme certeza de transitar la ruta de alcanzar objetivos compartidos. Es el primer paso para emprender en acciones políticas honestas y responsables con la realidad que enfrentamos.
Si hoy nadie quiere ir al mercado o vamos muy pocos, o a ninguna liga barrial se le facilita el Estadio Municipal, o la Plaza Cívica sirve solo para un par de eventos de las fiestas del Yamor, es porque quizá hasta este momento no hemos creado una oferta atractiva de productos o servicios, actividades comerciales… culturales… vinculadas a nuestra riqueza étnica, que empiece a devolvernos nuestro amor y orgullo por lo que somos y representamos.
El desafío frente a esta realidad y a todas las demás puede parecer simple, porque desde nuestra comprensión de la acción política, el requisito para empezar a transformar a Otavalo depende de una dosis completa de responsabilidad, decisión, pasión, decencia, honestidad, franqueza, firmeza y vocación. Depende de entender que el servicio público es una oportunidad para hacer del Bien Común un objetivo compartido. Solo así nos arrepentiremos menos de haber permitido el derroche deshonesto del dinero municipal y podremos empezar a construir el Otavalo que queremos y soñamos.
Las obras abandonadas no pueden seguir siendo monumentos al fracaso. ¿Qué uso le darías tú al Mercado 24 de Mayo o a la Plaza Cívica? ¿Qué ideas tienes para revivir estos espacios para sean útiles para todos los otavaleños? ¡Comparte tus propuestas en los comentarios y construyamos juntos las soluciones!
