Iniciaba la primera década del siglo XXI y nuestra generación no era del todo consciente que los cambios tecnológicos, las herramentas digitales y la transformación en la forma de comunicar serían las hechos que en teoría debien obligarnos a reinventarnos, para evitar la vulnerabilidad de nuestras capacidades evolutivas.
Para quienes estudiamos y entendemos que la comunicación es un proceso de significados y significantes definidos por la cultura sabemos que antes del mundo digital; construir sentido comunicacional apartir del análisis de la realidad era una necesidad para contribuir con ideas y acciones alrededor de lo que sucede en el espacio público. Este hecho, para nuestra generación quizá sea el más rescatable frente al frenético desarrollo de todas las herramientas comunicacionales de la era digital.
Soy de aquellos que está convencido, que pese a todas las “bondades digitales” de la nueva era; la comunicación, el marketing, la información y la propaganda; el desafío sigue siendo mantener vigente la seriedad, formalidad y la respetabilidad de las ideas y las acciones. Solo así evitaríamos que la vanalidad y lka informalidad terminen por destruir las capacidades que de manera cooperativa y complementaria podemos ponerlas a prueba.
Quienes estamos vinculados a la comunicación política entendemos que en nuestras parroquias, ciudades, provincias pasa algo similiar. Si no existe una estrategia de conumicación que se adapte a este cambio obligatorio impuesto por las caracterísiticas de lo digital; nada de lo que se comente alrededor de la Marca Ciudad tiene sentido si antes no se hace un ejercicio serio de construir un relato con todos los potenciales culturales, sociales con los que nuestras sociedades cuentan para sostener reconocimiento a lo largo del tiempo.
Con las ciudades pasa algo parecido cuando no hay una estrategia de comunicación frente al cambio en los formatos, los canales y los lenguajes visuales. Pero nuestras ciudades siguen sumidas en la confución de conceptos elementales. Por ello es que cada 4 años, lo que no debería entrar en subasta pública como son: la arquitectura de una marca y sus activos distintivos, los relatos y las reglas de uso para que sostengan reconocimiento a lo largo del tiempo, se covierten en menos que un adorno en el desordenado discurso de las autoridades municipales.
Esto es lo que, hace más de 20 años pasa en Otavalo. Cada 4 años y en cada campaña electoral volvemos a ser atrapados por una serie de omentarios informales que utilizan el término Marca Ciudad como si su significado se tratara de repetir ideas sin orden y nula rigurosidad académica.
En esa lógica nos encontramos. En Otavalo, llevamos más de 2 décadas testificando como cada 4 años se abandona la oportunidad de consensuar una promesa de carácterísticas cívico-culturales que se mantenga en el tiempo y trascienda nuestras fronteras.
Seguimos aplaudiendo el error de creer que la ciudad es el alcalde, la identidad es turismo y Marca Ciudad es el logo municipal.
Personalmente, considero que descifrar los alcances de ese error sería el primer paso con el que superemos el estado primitivo de la cuestión: dejar de pensar que el logo institucional es igual, a Marca Ciudad.
Para explicar mejor la idea. La Marca Ciudad, no inicia ni termina con la elección de A o B acalde. Y si nos mantenemos en esa misma lógica nunca llegaremos a alcanzar el concepto Marca Ciudad.
Aclaro, no satanizo la cantidad de logos. Seguramente son el resultado creativo de muchos profesionales que anhelan con que su trabajo trascienda los vainvenes de la política. El problema del sinnúmero de logos confusos, es que cada 4 años se pega uno sobre el otro y así ninguno adquiere reconocimiento, el turista ni se acuerda y al propio ciudadano le termina por importar poco o nada por empoderarse de algo que no le representa.
Para superar este bache debemos comprender que uno de los elementos básicos de la Marca Ciudad es la identidad pública de lo que como sociedad somos y representamos y que esta cuestión no es sinónimo de temporada electoral,
Para imaginar los resultados que se alcanzan cuando se comprende bien las diferencias que he señalado, por un momento imaginemos lo que sucede con nuestro vecino Perú.
Hace aproximadamente 20 años, de Perú nadie sabía más que era un país ubicado en la cordillera de los Andes surdamericanos. Para inicios de la década de 2010 los peruanos habian consesuado la construcción de una visión compartida sobre lo que son, lo que representan y lo que querían mostrarle al mundo. Sabían del propósito con el que querían que el mundo los reconozca, porque lo convertieron en una aspiración nacional.
Así nació la Marca Perú. Funciona más de 15 años y al fía de hoy es la herramienta utilizada para promocionar la gastronomía, el turismo, sus productos de exportación, las inversiones, eventos de toda naturaleza y todo lo que les permita a los peruanos decir: aquí está la huella de lo que somos y representamos. Lo lograron porque su marca trascendió lo coyuntural de la política y se convirtió en identidad de la gente.
Eso debe ser una Marca Ciudad. La riqueza cultural y geográfica, la importancia de cada momento sociodemográfico, los valores que hacen de una sociedad única y distinta a las demás, su historia, el capital humano, sus sueños explicados a travéz de promesas cumplidas.
Distinto a eso, en Otavalo la mayor parte de las 2 últimas décadas hemos pasado del: Otavalo Unido y Solidario, al Nuevo Otavalo y del Nuevo Otavalo al Otavalo Hermosa. Ideas que ni siquiera alcanza un concurso preuniversitario de slogans.
Los otavaleños disponemos de más de 26 mil años de historia, contamos con narrativas únicas para cada momento histórico que nos correpondió vivir. Sabemos de nuestro patrimonio, natural, social, cultural, gastronomia, artesanal, geográfico, paisajístico…
Si tan solo fueramos conscientes de aquello seguro, que nos percataríamos que somos herederos de una cultura andina llena de simbolismos con los que facilmente nos recordarían y reconocerían.
Desafortunadamente en esto como en todo; en Otavalo no exite un proyecto de cantón en el que compartamos una visión sobre lo que queremos y soñamos.
