
Es el Valle del Amanecer a las 6h00, a las 8h00, a las 17h00 o a las 18h00. Da igual cualquier hora que sea. Llueva o haga sol. En cualquier parque o cualquier calle de la ciudad o de las parroquias, hay una imagen que se reproduce todos los días. Montículos de heces de perros estampados en las veredas y cada vez más gatos que cruzan las calles buscando escondites.
Esto mientras los ciudadanos en sillas de ruedas, en coches para niños… en bicicletas, con bastones, en patinetas… zigzaguean los excrementos, se toman fotos con sus mascotas, acarician a los perros en situación de calle y uno que otro niño corretea gatos intentando atraparlos.
Este es el retrato de lo que diariamente vivimos en Otavalo. Nos ha engullido una avasallante individualidad con la que cada día empujamos las ruedas del vehículo repleto de desorden en dirección a un túnel sin salida.
Según los datos de organizaciones animalistas, coinciden en que en el Ecuador existe aproximadamente más de 7 millones y medio de mascotas y la densidad de las mismas, en los últimos 10 años, pasó de 107 mascotas por kilómetro cuadrado a más de 540. Eso apenas es una sorprendente cifra.
Lean esto. De esos más de 7 millones de mascotas, cerca del 17 por ciento tiene dueño. Un 17 por ciento vive en el abandono y un 66 por ciento amanece en distintas casas, vaga durante el día y duerme en cualquier parque o vereda cercana a donde le ofrezcan algo que comer.
Esta es una realidad que seguimos escondiéndola en el cacareo novelero de los derechos, en la pantomima de las campañas de esterilización y en el romanticismo quejumbroso y lastimero de políticos que no entienden que la planificación urbana exige adaptarse a una “nueva familia”. La tradicional de padre-madre y 2 hijos cambió por 2 adultos más uno o más perros. Eso, si es que aún no ha llegado un gato a manipular el día a día de estas “familias”.
Hemos cambiado más rápido de lo que imaginamos y, como siempre, nunca entendemos qué mismo pasa en nuestro entorno. Hasta que todo se naturaliza y cada quien cree que puede imponer las reglas que cree son las correctas de acuerdo a su conveniencia particular.
Así, por ejemplo, sacamos a las mascotas a la hora que queremos. Si tienen o no correa depende del ánimo del dueño y de los lugares por donde van a transitar. Más de un perro suelto busca riña con los perros en situación de calle y más de uno deja cacas y orines en cualquier parte de la ciudad.
En el sol se secan y expiden olores nauseabundos, llegan las moscas que luego pasan por las carnicerías cercanas. Una reproducción infinita de bacterias y microbios. Llega la lluvia, en parte se desintegran para mezclarse con el agua de por sí ya contaminada, que luego terminará en cualquier sumidero con salida a cualquier río o quebrada. ¿Nos hemos puesto a pensar en la cantidad de litros de agua que contaminan las heces fecales de las mascotas esparcidas por todas las calles de Otavalo? ¿Sabemos cuántas bacterias y microbios se han propagado a través de moscas que se posaron en los orines y cacas de las mascotas?
No, esos datos específicos en Otavalo no existen; como ni siquiera existe la voluntad de parte del Municipio para asumir este problema como su responsabilidad.
Tan dramático es el desastre de esta radiografía, que la ineficiente recolección de basura más los perros en situación de calle incrementan exponencialmente el riesgo de mordeduras, ataques de animales y, consigo, el contagio de enfermedades asociadas a la saliva del animal.
Quiero dejar claro que no me molestan ni me provocan rechazo los perros. Es más, siempre como familia hemos tenido uno. Y confieso que los prefiero de raza grande. Estos tienen presencia y alevosía a la hora de infundir respeto. Lo que siempre critico y no aceptaré nunca es el disimulo con el que violamos el derecho de todos los ciudadanos a disfrutar de los espacios públicos con estándares de calidad, seguridad, orden y limpieza. En definitiva, vivir y garantizar el disfrute del derecho a la ciudad.
Grafico un nuevo ejemplo. Cada día es más habitual mirar que, en las caminatas de fin de semana o de días libres, los deportistas se hacen acompañar de sus perros. La Cascada de Peguche, las orillas del Lago San Pablo, Mojanda, Taxopamba, el Socavón, el Parque Bolívar, el Parque San Sebastián… son sitios para testificar la cantidad de excrementos dispersos en sus inmediaciones. Muchos de ellos terminarán arrastrados por la lluvia y la fuerza de la gravedad a las hipercontaminadas quebradas, ríos y fuentes de agua que riegan los cultivos que luego consumimos.
Como siempre, carecemos de datos para saber qué decisiones tomar y el problema pasará a ser uno más de todos los que esperan una solución.
Todo sigue igual, en gran parte, porque nuestra ternura no logra entender que cada perro en la calle es un potencial riesgo sanitario por los parásitos, los residuos que genera, la basura que se comen, el riesgo de mordeduras y los focos de propagación de bacterias y microbios.
Imaginen un nuevo ejemplo. Usted recurre al mediodía a retirar a su hijo de su escuela. Su hijo le pide un cono de helado de entre la infinita oferta que tiene a la puerta de salida. Usted lo compra. Su hijo disfruta de su cono. Pero, en cuestión de segundos, llega una mosca que, antes de posarse en el helado de su hijo, pasó por varios excrementos de perros, pasó por la basura de la esquina de la calle aledaña a la escuela de su hijo… hasta que, finalmente, el cono de helado terminó costándole una infección estomacal económicamente costosa y emocionalmente desgastante. Exactamente lo mismo puede ocurrir con un cono de espumilla del parque central.
Por todas estas razones, la tenencia de mascotas es considerada por la Organización Mundial de la Salud como un tema de salud pública del que todas las autoridades deberían preocuparse.
En este estado de la situación, a todas luces necesitamos superar la actitud de caridad disimuladora con la que tratamos y actuamos a la hora de tomar decisiones para corregir este problema.
Para encarar con sensatez y responsabilidad el problema, aquí propongo unas ideas para abrir el debate:
- Abandonar la actitud reactiva a la hora de acordarse del problema. Es momento de comprender que se requiere de financiamiento, orden e instrumentos para evitar que el problema se propague.
- Las unidades o áreas de las instituciones públicas y privadas dedicadas al bienestar animal deben contar con el respaldo financiero y administrativo necesario para ejecutar las decisiones encaminadas a controlar y evitar la expansión del problema.
- El alcalde debe asumir su rectoría y liderazgo frente al problema y abandonar la comodidad perversa de endilgarle sus responsabilidades a A o B fundación dedicada al trato y cuidado de la fauna urbana.
- La Alcaldía, a través de su unidad de Medio Ambiente, debe censar y registrar en dispositivos electrónicos adheridos al collar del animal la existencia de los mismos. Estos datos deben estar enlazados al INEC. Constará información de vacunas, esterilización, partos, número de hijos. Toda la información.
- La Alcaldía debe financiar la creación de la clínica móvil para garantizar el cuidado, protección y esterilización de mascotas.
- El inicio del proyecto de registro y censo de las mascotas debe estar acompañado de la campaña: no compres, adopta. * Instituciones públicas y privadas deben crear un modelo de capacitación y educación sobre la tenencia responsable de mascotas. Quienes quieran tener una, deberán aprobar el curso de aprendizaje.
- La Alcaldía en su Plan de Uso y Gestión del suelo debe establecer la ubicación de parques caninos. Sí. Como tiene Bogotá, donde los bebederos, la sombra, el drenaje y el mantenimiento de los mismos está pensado para el uso de las mascotas.
- El Municipio debe aplicar un sistema de sanciones, como en la localidad madrileña de Brunete o la ciudad de México, donde las infracciones se castigan con: más cursos que aprobar sobre cuidado y trato animal, trabajo comunitario, y multa a través del número de cédula del dueño de la mascota. Todo automatizado y digitalizado.
El modelo es simple y se llama CORRESPONSABILIDAD, en la que el dueño del animal y la comunidad colaboran con un mismo objetivo. La convivencia de humanos y animales debe ser una relación de interdependencia de hábitos sociales diarios, de planificación y de salud pública.
Caminar en esta dirección nos permitirá dejar las excusas quejumbrosas para todos mejorar nuestra calidad de vida como la que queremos y soñamos.
El problema de la fauna urbana en Otavalo dejó de ser un tema de simple caridad para convertirse en una urgencia de salud pública. ¿Estás de acuerdo con aplicar un modelo de corresponsabilidad y sanciones para dueños irresponsables? ¿Qué otra medida propondrías para solucionar este problema en tu barrio? ¡Déjanos tu opinión en los comentarios!
